Cultivar suelo: el mundo invisible que sostiene nuestros campos
Cuando miramos una huerta, nuestra atención suele ir directamente a lo que vemos.
Los tomates.
Los árboles.
Las verduras.
Las flores.
Los frutos.
Pero una parte importantísima de lo que ocurre en un campo sucede precisamente donde nuestros ojos no llegan.
Debajo de nuestros pies.
En el suelo existe todo un ecosistema formado por bacterias, hongos, lombrices y multitud de pequeños organismos que participan en procesos esenciales para la fertilidad, la estructura y el funcionamiento de la tierra.
Son unos trabajadores bastante peculiares.
No madrugan.
No fichan.
No cobran nómina.
Y, aun así, trabajan día y noche en nuestros campos.
El suelo no es simplemente tierra
A veces pensamos en el suelo como si fuera únicamente el lugar donde introducimos una semilla o donde las raíces sujetan una planta.
Pero un suelo agrícola sano es mucho más complejo.
Está formado por minerales, materia orgánica, agua, aire y una enorme diversidad de organismos vivos.
Dentro de él se producen constantemente procesos que ayudan a:
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descomponer la materia orgánica,
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reciclar nutrientes,
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formar agregados que mejoran la estructura del suelo,
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facilitar determinadas relaciones entre raíces y microorganismos,
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almacenar e infiltrar agua,
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y sostener una enorme red de vida.
Podríamos decir que bajo cada cultivo existe una pequeña ciudad invisible.
Y buena parte de su actividad resulta fundamental para que lo que vemos en la superficie pueda desarrollarse.
Hongos, bacterias y lombrices: los trabajadores invisibles del campo
Entre los habitantes del suelo encontramos organismos completamente diferentes entre sí.
Las bacterias participan en numerosos procesos de transformación de nutrientes y descomposición de materia orgánica.
Los hongos desarrollan redes microscópicas en el suelo y algunos pueden establecer relaciones beneficiosas con las raíces de las plantas.
Las lombrices ayudan a transformar restos orgánicos y, mediante su actividad, contribuyen a modificar la estructura del terreno.
Y junto a ellos existen muchísimos otros organismos.
Protozoos.
Nematodos.
Artrópodos.
Insectos.
Microorganismos de todo tipo.
No todos cumplen la misma función ni todos son necesariamente beneficiosos para los cultivos.
Pero juntos forman un ecosistema extraordinariamente complejo.
Por eso cada vez se habla más de una idea aparentemente sencilla:
un suelo no es solamente un soporte para las plantas.
Es un ecosistema.
Agricultura regenerativa: no cultivar solamente plantas
Aquí aparece uno de los conceptos más interesantes de la agricultura regenerativa.
No se trata únicamente de cultivar plantas.
Se trata también de cultivar suelo.
La agricultura regenerativa no es una única técnica ni existe una receta idéntica para todas las explotaciones.
Las características del clima, del suelo, del cultivo y de cada finca son diferentes.
Pero muchas estrategias asociadas a este enfoque buscan precisamente proteger o mejorar determinadas funciones del suelo.
Mantener la tierra cubierta
Una de esas estrategias son las cubiertas vegetales.
En determinados cultivos, en lugar de mantener permanentemente la tierra completamente desnuda, pueden establecerse plantas que cubran el terreno durante determinados periodos.
Estas cubiertas pueden ayudar, dependiendo de cómo se gestionen, a proteger la superficie frente al impacto directo de la lluvia, reducir determinados procesos erosivos y aportar materia orgánica.
Las raíces también contribuyen a mantener actividad biológica debajo del suelo.
No significa que todas las fincas deban gestionarse exactamente de la misma manera.
Pero la idea que hay detrás resulta interesante:
un suelo cubierto suele estar más protegido que un suelo completamente expuesto.
Rotar para no pedir siempre lo mismo
Otra herramienta clásica de la agricultura son las rotaciones de cultivos.
Cultivar exactamente lo mismo en el mismo terreno durante años puede favorecer determinados desequilibrios.
Cada especie tiene necesidades diferentes.
Sus raíces exploran el suelo de distinta manera.
Extraen nutrientes en proporciones distintas.
Y pueden interactuar de forma diferente con plagas, enfermedades y microorganismos.
Alternar cultivos permite introducir diversidad en el sistema agrícola y evitar que el terreno tenga que soportar constantemente las mismas exigencias.
No es una idea nueva.
Los agricultores llevan siglos aprendiendo a observar cómo responde la tierra.
Materia orgánica: alimento para el suelo
También está la incorporación de materia orgánica.
Restos vegetales.
Compost.
Estiércoles correctamente gestionados.
Otros materiales autorizados según el sistema agrícola utilizado.
La materia orgánica es una pieza fundamental de muchos suelos.
Además de aportar nutrientes, puede influir en propiedades físicas y biológicas del terreno.
Por eso hablar de fertilidad no significa únicamente hablar de añadir determinados nutrientes.
También significa pensar en la estructura del suelo y en la vida que alberga.
¿Hay que remover menos la tierra?
Durante siglos hemos asociado agricultura con arar.
Y el laboreo sigue siendo una herramienta imprescindible en multitud de situaciones.
Pero también sabemos que una alteración demasiado frecuente o intensa del terreno puede modificar su estructura y afectar a diferentes organismos.
Por eso algunos sistemas agrícolas buscan reducir el laboreo cuando las condiciones lo permiten.
Esto no significa que exista una única respuesta válida.
Hay terrenos, cultivos y situaciones donde es necesario intervenir.
La clave está en utilizar cada herramienta de forma razonada.
No hacer más simplemente porque siempre se ha hecho más.
Biodiversidad dentro y alrededor de los cultivos
Un campo tampoco termina exactamente donde acaba la línea de cultivo.
Setos.
Márgenes.
Árboles.
Flores.
Cubiertas.
Zonas sin cultivar.
Todos estos elementos pueden formar parte del paisaje agrícola.
Favorecer una mayor diversidad vegetal puede proporcionar refugio y alimento para diferentes especies.
Polinizadores.
Aves.
Insectos.
Pequeños animales.
Microorganismos.
La agricultura y la naturaleza no tienen por qué entenderse necesariamente como dos mundos separados.
Un campo es también un ecosistema.
Por qué el suelo importa especialmente en España
Esta conversación resulta especialmente importante en un país como España.
Nuestro clima presenta grandes diferencias entre regiones, pero buena parte del territorio sufre periodos prolongados de sequía, lluvias irregulares y episodios intensos de precipitación.
Además, existen importantes problemas relacionados con la erosión y la degradación del suelo.
Por eso disponer de terrenos con una estructura adecuada resulta fundamental.
Un suelo bien estructurado puede facilitar la infiltración del agua y reducir parte de la escorrentía superficial.
La materia orgánica también tiene un papel importante en la capacidad del terreno para almacenar agua.
En un contexto donde cada gota cuenta, cuidar el suelo deja de ser únicamente una cuestión agrícola.
También es una cuestión de futuro.
La pregunta no debería ser solamente cuánto podemos producir
Durante mucho tiempo, buena parte de la conversación agrícola se ha centrado en una pregunta:
¿Cuánto podemos producir?
Es comprensible.
Un agricultor necesita obtener una cosecha.
Necesita pagar sus costes.
Necesita vivir de su trabajo.
Y una sociedad necesita alimentos.
Pero quizá deberíamos añadir una segunda pregunta:
¿En qué condiciones vamos a dejar esa tierra después de producir?
Porque una finca no empieza y termina con una cosecha.
Puede ser cultivada durante décadas.
Incluso siglos.
Por diferentes generaciones.
Agricultura sostenible también significa pensar a largo plazo
Imaginemos un campo dentro de cien años.
Probablemente ninguno de nosotros estará allí.
Quizá tampoco quienes hoy lo cultivan.
Pero la tierra seguirá existiendo.
Y alguien necesitará seguir produciendo alimentos en ella.
Por eso una agricultura verdaderamente sostenible debería intentar encontrar un equilibrio.
Producir hoy.
Sin comprometer innecesariamente la capacidad de producir mañana.
Cuidar la fertilidad.
Proteger el suelo.
Gestionar correctamente el agua.
Favorecer la biodiversidad.
Y adaptar cada práctica a las características reales de cada explotación.
Los agricultores pasan. Las cosechas pasan. La tierra queda.
Existe algo profundamente humilde en trabajar el campo.
Puedes dedicar años a cuidar una finca.
Puedes conocer cada rincón.
Cada árbol.
Cada zona donde el suelo retiene más humedad.
Cada lugar donde una planta crece mejor.
Pero llegará un momento en el que esa tierra continuará sin nosotros.
Los agricultores pasan.
Las cosechas pasan.
Las generaciones pasan.
La tierra queda.
Y quizá una de las responsabilidades más bonitas de la agricultura sea precisamente esa:
intentar dejar el suelo un poquito mejor de como lo encontramos.
La próxima vez que veas una huerta, mira también hacia abajo
Cuando veas una huerta llena de verduras, árboles y frutos, recuerda que solamente estás contemplando una parte de la historia.
Debajo de esas plantas existe un mundo gigantesco que normalmente pasa desapercibido.
Millones de organismos.
Raíces.
Agua.
Aire.
Materia orgánica.
Nutrientes.
Todo conectado.
Todo trabajando.
Así que la próxima vez que contemples un campo precioso, no mires solamente lo que crece encima.
Acuérdate también de todo lo que está ocurriendo debajo.
Porque quizá una de las claves del futuro de nuestra agricultura esté precisamente ahí.
En aprender que cultivar alimentos también significa...
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